No había una sola persona quieta en el
Castillo del Nuevo Amanecer. Todos trabajaban arduamente ya fuera para
completar sus tareas o ayudar a su compañero a terminar las suyas.
Lo primero fue limpiar el campo de
batalla. El exterior del castillo estaba ahora limpio. Los enemigos caídos
fueron quemados, pero no así los aliados. Se procuró un espacio detrás del
castillo como pequeño cementerio, práctica poco común pero que se ejecutaba en
casos excepcionales. Se intentaría erguir una muralla alrededor del castillo
que abarcara ese cementerio y dejara espacio para viviendas, refugios y algún
servicio como herrería o peletería.
A Edrax le recordaba a Val’hal.
Se forjó una plancha de acero conmemorativa
de todos aquellos que murieron luchando por aquella victoria. Ni en ella ni en
el cementerio se encontraban los Ein’her caídos. Matheus no lo permitió. No
porque no fueran compañeros, o dignos, o nada parecido. Sino porque consideraba
que no era donde debían estar.
Una tarde, cuando empezaba a caer el sol,
tuvieron una visita que nadie hubiera esperado jamás. Un pequeño ejército de
dvergs, con su media estatura y sus pobladas barbas, se presentó a las puertas
del castillo, sin una palabra que mediar, con un solo propósito. Le entregaron
a Bob un loto de escarcha y una flor de hielo. El loto de escarcha era una rara
planta de las montañas más septentrionales, y la flor de hielo era un elemento
creado artificialmente mediante la magia.
Matheus y Edrax en seguida comprendieron
que era obra de Sharah.
Los dvergs se pusieron inmediatamente a
ayudar con las labores de reconstrucción y construcción. Todo avanzó muchísimo
más deprisa, con una calidad inmejorable. Al vivir bajo las montañas eran los
seres más avanzados en arquitectura.
Edrax miraba la placa todos los días.
Después visitaba el lugar dónde descansaban
los restos de sus ex-compañeros muertos, conservándose mediante magia blanca. Y
la capa de su amigo.
Cuando las obras habían avanzado emprendieron
el viaje.
Todo miembro de la orden vivo, los miembros
más importantes de los grupos rebeldes y los líderes alfar y dverg partieron en
marcha en dirección al Bosque Oriental, con los restos de los Ein’her caídos.
En cierto momento de desviaron. Los que
no habían ido nunca no podían ubicarse. Sólo aquellos que ya habían ido alguna
vez sabían lo que pasaba. Una distorsión mágica que evitaba que pudiera
encontrarse si no sabías como llegar, por lo que la única forma era que te
acompañara alguien que ya supiera.
Pero nadie preguntaba. Era una marcha
solemne.
Tras unos días de camino la divisaron. La
muralla de piedra que antaño brillara con su característico fulgor plateado que
guardaba celosamente el mayor secreto de Eridia.
Habían llegado a Val´hal.
Una figura les esperaba en la puerta.
Sharah había esperado su llegara desde hacía unos días. Estaba visiblemente
exhausta, y sin embargo nada más llegar hasta ella le dio el abrazo más fuerte
que pudo a su antiguo líder. Matheus no hizo si no corresponder tímidamente su
abrazo.
En ese tiempo se acercó otra figura. El
traidor, Ray, había viajado en secreto hasta allí, aun siendo un enemigo, para
honrar la memoria de sus antiguos compañeros caídos, y de aquel que siempre
juró superar. Aunque desconfiaban, nadie hizo nada por evitarlo.
Edrax apoyó las manos en las gigantes
puertas dobles, casi derruidas, y empujó con todas sus fuerzas, abriéndolas los
justo para que entrara la comitiva.
Edrax y Fox fueron los últimos en salir
de allí. Era el único que sabía cómo era aquello ahora. El resto de Ein’her…
hasta Matheus tuvo que reprimir un grito ahogado. La bella ciudad que era
Val’hal estaba completamente destruida. Cascotes por doquier, casas destruidas,
puentes derruidos, madera y astillas sueltas… Incluso el castillo, antaño
imponente y hermoso, ahora no parecía más que un montón de piedra con huecos
por todos lados.
Siguieron avanzando por la calle
principal hasta el castillo. Pronto todos se daban cuenta de que aun siendo las
ruinas de una masacre no había ningún cuerpo. Y entonces lo vieron.
Cuando se llegaba a la altura del
castillo la ciudad acababa, y todo el territorio circundante a éste era una vasta
extensión de terreno donde los Ein’her entrenaban sus habilidades y magias,
dividida en sectores que separaban los usuarios de los distintos elementos.
Todo este terreno, antiguos campos de
entrenamiento, era ahora un cementerio gigante. En cada sector se situaban las
tumbas de los usuarios de su respectivo elemento, con su líder a la cabeza.
Edrax y Fox enterraron a todos y cada uno de sus compañeros antes de salir de
allí.
Todos se situaron alrededor de la base
del castillo, contemplando la escena. Las tumbas de los ocho élites Ein’her se
alzaban orgullosas, aunque no todos hubieran muerto. La diferencia era que
aquellos que habían caído se les situaba su capa blanca en la cruz que las
coronaba.
Las capas de Lagnar, Sharah, Terrax, y Zoe
ondeaban al viento. Cuando Edrax y Fox lo hicieron pensaban que eran los únicos
supervivientes junto con Ray y Matheus.
Pero había dos capas más ondeando.
Las capas de Edrax y Fox también estaban
allí.
Edrax se adelantó entonces, y colocó la
gabardina negra que era lo que quedaba de su amigo en la cruz, por encima de la
capa blanca.
Todos lo comprendieron. Para ellos, ellos
mismos murieron con sus compañeros cuando sucedió todo. Cuando masacraron a
todos los que conocían. Cuando no pudieron hacer nada por protegerlos. Cuando
decidieron no volver. Cuando salieron de Val’hal y cerraron sus puertas con un
claro objetivo.
Fox había muerto por ese objetivo. Había…
vuelto a morir. Sus amigos aún no estaban vengados, pero habían dado un paso
verdaderamente importante para ello. Ahora era cuestión de los supervivientes
acabar la tarea. Ese era el legado que Fox les dejó, y ese era el cometido que
todos llevarían a cabo.
Esta vez fue Matheus el que, sin poder
aguantar lo que veía y lo que significaba, que todo aquello había pasado por su
culpa, empezó a llorar. Lágrimas que brotaron de casi todos los presentes.
Incluido Ray.
Bob fue de los pocos que no lloró. No
tenía más lágrimas que gastar, y cosas demasiado importantes en la cabeza como
para buscarlas. Todos los allí reunidos, menos Ray, lucharían juntos desde ese
momento, con otra idea en la cabeza. La de que se puede ganar. La de que hay
esperanza.
Ya no existían los Ein’her, aunque lo
siguieran siendo. Ya no existían las clases alfar, aunque siguieran en sus
mentes. Ya no existirían los grupos rebeldes, aunque en sus corazones lo fueran
para siempre. Sus misiones, fuera la venganza o la supervivencia les había unido
a todos. Ahora eran una sola. Ahora no estaban solos, estaban todos juntos,
marchando por el mismo camino.
El Ejército del Nuevo Amanecer avanzaría
hacia su libertad.
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Ya no quedaba nadie en Val’hal. Todos se
habían ido.
Una figura más apareció y se acercó a las
tumbas, paseando enfrente de ellas, incluidas las recientes y parándose frente
a la de Fox. Su cara no cambió en ningún momento, reflexiva y pensativa.
Después de un largo rato contemplándola
en silencio cerró los ojos, hizo una reverencia dirigida a todos los que allí
se encontraban, y más especialmente a Fox, se dio la vuelta y dispuso a
marcharse.
Presentados sus respetos, Vixent desplegó
sus alas y salió de allí.
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--------------------------------------------------------------------Fin
de Wings of Hope
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