La historia del despertar de Fox había hecho mella en Bob y en Toto. Bob ya conocía a Fox de antes de la masacre de Val’hal, y era un joven algo más vivaz que en esos momentos. Había achacado su cambio de personalidad a los sucesos ocurridos pero no hubiera imaginado que sería la tercera vez que tenía que pasar por algo similar. Ël mismo tuvo que pasarlo una vez y ya le parecía demasiado.
Una vez. Una masacre. Toda su familia. Todos sus amigos. Justo ahí, delante. En ese odioso castillo dorado que coronaba la colina de Arcadia, inexpugnable hasta la fecha. Un castillo que había resistido los embates de todo ejército y que había defendido a su pueblo de todo atacante. Un orgullo que hinchaba su corazón al verlo, y que se lo desinflaba cuando recordaba lo que allí sucedió. La traición que supuso la única derrota de su familia durante generaciones.
Muy distinto era Arcadia del resto de Eridia. No habían adelantado en tecnología moderna tanto como Metrópoli, y gracias a los dioses. En vez de ello habían hecho avanzar la tecnología existente hasta la perfección. Aquello había conseguido que aunque fuera una tierra anclada en lo que llamaban Edad Media, con sus reyes, sus impuestos, sus clases, sus ejércitos y sus guerras, fuera la tierra más próspera del continente.
Había de todo y para todos. Carne, verdura, agua… No faltaba nada. Y por si eso fuera poco se enriquecía con los minerales de su tierra. Minerales que sólo se encontraban en las minas o afluentes del sur. Algunos tan ostentosos como la amatista, otros tan útiles como el oricalco, otros tan raros como la artemisa.
La armadura que usaba, que ahora estaba a buen recaudo en el desván de una posada, estaba hecha de una aleación de casi todos estos materiales, junto con acero para darla consistencia y cristal para darla flexibilidad. Una armadura media que podía parar cualquier golpe y resistir algunas magias. La armadura de un rey. Un rey que ya no estaba destinado a ser.
- Estás muy pensativo. ¿Ocurre algo?
- Demasiadas cosas en mi cabeza.
- No te permitas distraerte, no puedes permitir que te reconozcan.
Edrax se había despeinado un poco y conseguido una capa de viaje que llevaban puestos los tres. Bob se había deshecho la coleta y ensuciado el cabello. Toto no había hecho nada pues no lo conocía nadie allí.
- Tenemos que aprovechar la luminosidad que hace aquí para que no reparen en nosotros. Vayamos al puerto a ver que encontramos.
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- ¡Ay dioses! ¿Qué he hecho yo para merecer esto? Ah sí, aquello. Pero sólo fue un pequeño error. Pagarla conmigo de esta manera es algo demasiado…
- ¡CÁLLATE! ¡Por amor de los dioses cállate! ¡La próxima vez te cortaré la lengua!
Al pequeño gnomo no le hacía ninguna gracia trabajar con humanos. Pero ahora que no quedaban muchos de su especie no tenía más remedio. No entendían que un gnomo tenía que estar activo, tenía que pensar, que hablar, que expresarse, que moverse, que interactuar, que experimentar… Vamos que no podían estarse quietos.
Y sin embargo ahí estaba él. Un anteriormente poderoso mago al servicio del rey trabajando para el puerto arcadio, levantando mágicamente las redes de pesca y algunas cargas. Algo que consideraba humillante pero que no tenía más opción. Además últimamente había tenido demasiado trabajo, pues mucha gente estaba transportando pesados cargamentos hacia Metrópoli. ¡Hacia Metrópoli! Si ahí no había nada… una ciudad muerta controlada por matones y mafias. ¡Bah!
Sin embargo ese día algo era distinto. La gente miraba hacia el mismo lado como si regalaran varitas de colores. Pero no era por eso.
Al pequeño gnomo de pelo verde se le resquebrajó la mandíbula de abrirla tanto al conocer la razón. Pero no era algo bueno. Tenía que reaccionar como lo hacía antaño. Dejó caer la red de pesca y salió corriendo hacia el centro de atención, saltó por encima de los guardias y de la gente, agarró a su antiguo amo, a sus dos acompañantes, y con un rápido conjuro vocal hizo desaparecer al conjunto del lugar.
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- ¡Amo! ¿Está usted loco? ¿Qué se supone que está haciendo aquí? ¿De dónde ha salido?
El pequeño gnomo parecía que fuera a explotar por alguno de sus pequeñas venas hinchadas en sus sienes. Su pelo verde que le tapaba sólo la corona lateral dejando calva la parte superior de su cabeza estaba alborotado y puntiagudo. Era divertido ver un gnomo cambiar de estado de ánimo pues su pelo cambiaba con él. Sus grandes ojos verdes contrastaban en su pequeña carita parecida a la de un niño, aunque con arrugas y cicatrices que contaban que sus batallas no habían sido pocas ni fáciles.
- ¡Ragbarok no sabes cuánto me alegro de verte! – le dijo Bob con una gran sonrisa
- ¡Pues yo no me alegro! Tendría que estar lejos de aquí, dónde su cabeza no tenga un valor. Esa gente estaba apunto de matarlo.
- Así que un gnomo mago en la corte real… realmente es una cultura distinta. – observó Toto. Estaba maravillado con todo lo que estaba aprendiendo.
- ¿Nunca habías visto uno antes verdad? – Le preguntó Edrax, a lo que Toto negó con la cabeza mientras se agachaba para inspeccionar las facciones del gnomo más de cerca.- Pues mejor no le quieras ver enfadado… Son una raza bastante… irritable.
- ¿Y usted quién es si puede saberse?
- Él es Edrax, Ein’her del viento, compañero de los grupos rebeldes que yo comando.
- Así que es cierto que era usted. ¿Y el que tomó su nombre torturando y asesinando en el este? – Tras un largo silencio el gnomo comprendió que era mejor no conocer la respuesta.- ¿Qué hace aquí?
- No hacen falta tantas formalidades viejo amigo. Ya no soy tu superior.
- Sigues siendo el príncipe de Arcadia, y legítimo rey.
- No soy nada.
- Entonces, ¿a qué ha venido? – la cara del gnomo estaba llena de decepción.
- Estamos investigando el tráfico de materiales arcadios hacia Metrópoli, donde los demonios los recogen para su uso contra Eridia.
La decepción pasó a reflejar aflicción. Los ojos eran como platos, hasta que los cerró en una mueca de dolor inimaginable.
- Así que eso era…
- ¿El qué?
- En los últimos meses había mucho más cargamento y más pesado en los muelles. Mucho más trabajo que en temporada alta de pescadores. Cajones grandes y pesados. Algunos de ellos blindados. No sabía qué contenían…
Una lágrima corría por la mejilla del gnomo, que en ese momento sí que podía parecer un niño humano, excepto por su bigote largo y su barba espesa de color verde.
- Tú no tienes culpa de nada Ragbarok. No sabías nada.
- Pero sospechaba… podía haberlo sabido
- Hemos venido a parar el contrabando- le cortó Edrax.- Si quieres hacer algo al respecto no te martirices y ayúdanos.
- Sólo dime cómo. Los gnomos sabemos lo que es el honor en contra de los que algunos piensan. Dime qué hay que hacer y nos tendrás a todos contigo cuando digas.
- ¿Todos?
- ¿Piensas que soy el único gnomo de Eridia o qué, chico?
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- ¡Venga! ¡Muévete más rápido!
- Ya voy mi señor perdone. Sólo estoy algo cansado en seguida cojo el ritmo…
- ¡Nada de excusas! ¡A trabajar!
El matón no le daba miedo, pero Ragbarok tenía que aparentar que era débil, y era un buen actor. Los mercenarios se reían de él, y él hacía ver que se sentía amedrentado por ellos. Aunque no fuera así. Sólo un poco más…
Un proyectil impactó el costado de uno de los barcos, que empezó a consumirse en las llamas de su amo. Por fin empezaba la fiesta.
Colocó sus menudas manos trazando un círculo con sus rechonchos dedos, de cada uno de los cuales salió un pequeño misil brillante que atravesaron a dos o tres matones antes de subir al cielo nocturno y estallar en pequeños fuegos artificiales.
De todos los rincones del puerto salieron pequeñas sombras veloces y gráciles como ardillas, que saltaban, se equilibraban, y acuchillaban mercenarios, matones y guardias por igual. Gnomos de pelo verde, rosa, rojo y azul correteando por el empedrado mientras otros tantos andaban por la mitad del puerto lanzando hechizos y haciendo explotar los barcos y sus cargamentos, sin hablar de sus ocupantes.
Para cuando los vastos números de mercenarios se quisieron dar cuenta ya les faltaba la mitad de sus hombres, y estaban rodeados de hasta un par de docenas de gnomos y gnomas, pícaros y magos, que no tenían cara de muchos amigos.
Sin embargo, algunos de los soldados empezaron a cambiar, crecer, y sacar cuernos y alas negras. Había demonios disfrazados entres los mercenarios, algunos de los cuales parecían más asustados, mientras que otros parecían encantados.
A los gnomos no les hacía ninguna gracia.
- De estos nos encargamos nosotros.
Edrax salió levitando a toda velocidad por encima de las cabezas de los gnomos en dirección al primer demonio que había empezado a volar, que se encontró con un brazo en cuero negro cubierto de un viento que le rebanó la cabeza de un solo movimiento.
Enfriando la temperatura del aire bajo su cuerpo descendió al otro lado del grupo de mercenarios mientras el cuerpo del demonio caía desplomado mientras se deshacía en sombras.
Acumuló viento en la palma de su mano derecha, que tomó una tonalidad verde brillante, y lo proyectó hacia delante, materializando su espada. Una espada curvada larga, estrecha al principio y ancha al final, acabada en punta de un filo. Un solo filo en el que se reflejaba la furia y la voluntad inquebrantable del viento. Un viento capaz de cortar hasta el mismo cielo.
- Amo, ¿quién dijiste que era ese amigo tuyo? – preguntó Ragbarok con un tinte de miedo en su voz.
Bob, que también estaba algo atónito tardó un poco en contestar. Era la primera vez que lo veía luchar. Su cara era completamente distinta. La amabilidad y la socarronería deban paso a una mirada capaz de atravesar a cualquiera. Era la mirada de un asesino. Las conocía muy bien.
- Edrax, Ein’her del viento, y segundo al mando de la orden de Val’hal.
- El segundo más fuerte, ¿eh? No quiero conocer al primero…
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La batalla tardó en terminar. El muelle estaba destrozado. Se habían destruido más barcos de los que querían, y habían muerto más aliados de los que debían. Edrax se había encargado con soltura de la mayoría de demonios, recibiendo algunos cortes y quemaduras por el camino, pero casi impune. Bob había despachado otros tantos, aunque tenía alguna herida y magulladura más.
Los gnomos habían dado buena cuenta de los mercenarios, aunque habían perdido casi la mitad de su número en el proceso. Apenas quedaban seis magos y otros tanto pícaros entre gnomos y gnomas. Y ni siquiera sabían si había más de su especie en otros lados de Eridia. Los demonios los habían exterminado casi por completo en su locura. Quizá a ello se debía que los supervivientes se alzaran orgullosos dispuestos a honrar la memoria de sus difuntos. Con lágrimas en los ojos, pero con la cabeza alta.
- Ha sido una amarga victoria. Pero la guerra nunca es satisfactoria. Debemos irnos antes de que llegue la guardia de la ciudad. Prepararemos un hechizo de teleportación en masa. Entrad todos entre los seis magos.
Una vez estuvieron todos dentro los magos empezaron el conjuro. Unas líneas se dibujaron en el suelo conectándolos, formando un hexagrama perfecto rodeado de runas brillantes. En cuestión de un par de minutos empezaron a oír como el ejército del senescal ya estaba casi encima suya.
Cuando empezaron a aparecer el conjuro de completó, y desaparecieron de allí.
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Todo estaba pasando demasiado deprisa. Pero eso le gustaba. Por fin empezaba a desequilibrarse todo. Por fin todo empezaba a resultar divertido. Vixent, que lo había visto todo desde las sombras parecía complacido con la derrota de la red de tráfico de materiales de su Rey.
- Esto esta resultando muy estimulante…
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